Tangos para Agus

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12 de junio de 2020

El letrista que no fue

Como vimos la semana pasada, Rovira compuso un hermoso tango llamado «A Evaristo Carriego».

Por su parte, Piazzolla y Ferrer, en la Ópera «María de Buenos Aires», incluyen un tema llamado «Milonga Carrieguera», donde el tenor «Porteño Gorrión con Sueño» describe a «María La Niña».

Gardel también le cantó a Carriego en dos tangos compuestos en 1931: «Quien tuviera 18 años», de Guillermo Desiderio Barbieri,

Ya no somos de los tiempos que se fueron
Los muchachos parlanchines y andariegos,
Que entonando los versos de Carriego
A más de una muchacha logramos conmover.

y «Trovas», también con música de Guillermo Barbieri, pero letra de Ángel Domingo Riverol,

Si hasta cuando hablas parece
que lo hicieras con el fuego,
de la musa de Carriego.

Vemos que tanto Gardel como dos de los máximos exponentes de la vanguardia del Tango evocaron a Evaristo Carriego. Pero, ¿por qué?

Para responder esta pregunta, hablemos un poco sobre este poeta. Nació en Paraná en 1883, en el seno de una familia de larga tradición entrerriana que, entre sus antepasados directos, contaba con el conquistador Hernán Mejía de Mirabal, quien había llegado a América a mediados del siglo XVI.

Siendo todavía un niño, se mudó con su familia, primero a La Plata y luego a Palermo, más precisamente a lo que hoy sería Honduras 3784, entre Bulnes y Bravo, pero que en en aquel tiempo era una barriada periférica de Buenos Aires.

En esta en casa construida en 1890 -que todavía existe y que fue declarada Patrimonio Histórico de Palermo- trascurrió toda la vida del poeta.

Intentó ingresar al colegio militar, sin éxito a causa de su miopía. Trabajó en el diario «La Protesta», portavoz del Anarquismo local, y llevó una vida tranquila y sin sobresaltos.

A partir de 1904 fue publicando poemas en diarios y revistas que, en 1908, recopiló en el libro «Misas Herejes».

Es un libro «a la moda», con claras influencias modernistas, especialmente del nicaragüense Rubén Darío.

En poemas titulados «Por el alma de Don Quijote», «La apostasía de Andresillo» o «Caballero de Friburgo»; y en versos como estos, de «La muerte del cisne»,

En un largo alarido de tristeza
los heraldos, sombríos, la anunciaron,
y las faunas errantes se aprontaron
a dejar el amor de la aspereza.
Con el Genio del bosque a la cabeza,
una noche y un día galoparon,
y cual corceles épicos llegaron
en un tropel de bárbara grandeza.
Y ahí están. Ya salvajes emociones,
rugen coros de líricos leones…
cuando allá, en los remansos de lo Inerte.
Como surgiendo de una pesadilla,
¡grazna un ganso alejado de la orilla
la bondad provechosa de la Muerte!

hay mucho de poesía modernista, pero nada que sirva como letra de tango.

Sin embargo, al llegar a la cuarta parte del libro, titulada «El alma del suburbio», nos sorprende algo nuevo, algo inesperado, y a contrapelo de todos los otros poemas. Encontramos una descripción (o una invención) de los arquetipos tangueros.

Con poemas como «El alma del suburbio» (donde se menciona al tango «La Morocha»), «La viejecita», «El guapo», «En el barrio», «La queja», Carriego está escribiendo -sin saberlo- las primeras letras arquetípicas del tango-canción.

No puedo atreverme a ser original en esta breve descripción de la vida y de la poesía de Carriego, cuando se puede recurrir a la biografía publicada por Jorge Luis Borges en 1930.

Borges visitando la casa de Carriego

Bueno, Agus; supongo que a esta altura estarás pensando -Dale; me convenciste. Escuchemos algunos tangos de Carriego-. Pero tenemos un problema. Hasta donde se, no existen (!). ¿Por qué esta notoria ausencia? Se me ocurren, al menos, dos razones.

La primera y más obvia es que los poemas de Carriego se adelantaron una década al nacimiento del tango-canción, es decir al estreno de «Mi noche triste». En 1908, el tango o, mejor dicho, el proto-tango, todavía no tenía letra; o, si la tenía, era simple, alegre y/o procaz. Nada que ver con la poesía de Carriego.

Bueno, este podría no haber sido un problema en si mismo. Por ejemplo, Gabino Coria Peñaloza escribió el poema «Caminito» en 1903, y Juan de Dios Filiberto recién le puso música en 1926. Pero en este caso, el poeta y el músico se conocieron en 1920, y de ahí surgió la colaboración entre ambos.

Pero Carriego no llegó a conocer a ningún músico de la guardia nueva (o de finales de la guardia vieja) que pudiese ponerle música a sus poemas.

A fines de 1911, luego de la muerte de su padre, Carriego tuvo un caso ligero de apendicitis, que se repitió a mediados de 1912, y nuevamente el 1 de octubre de ese mismo año. Después de guardar cama durante varios días en la casa de Honduras, Carriego falleció durante la madrugada del domingo 13 de octubre. Tenía apenas 29 años.

Nota aparte: Wikipedia y otros sitios afirman que Carriego murió de tisis. Como ves, eso es falso.

Pero aún así, algún músico posterior podría haberse sentido tentado por la poesía de Carriego, pero tampoco ocurrió. Tal vez se deba a que el estilo de Carriego es más cercano a la complejidad poética del Homero Manzi de la década de 1940 que al canto popular del Celedonio Flores de los años 20. En otras palabras, Carriego se adelantó una década al tango-canción, y tres a la época de oro del Tango.

Y, sin embargo, versos como estos,

Madre haraposa, madre desnuda,
manto de amores de barrio bajo:
¡es una amarga protesta muda
esa devota de San Andrajo
!

o como estos otros,

A ese desgraciado que a golpes maneja,
le hace el mismo caso, por bruto y por flojo,
que al «pucho» que olvida detrás de la oreja
.

se merecen ser letras de tangos… Y esta misma lírica tanguera se vuelve a encontrar en su obra póstuma, «La canción del barrio», de 1913.

Si estos versos de Homero Manzi,

El último organito irá de puerta en puerta
Hasta encontrar la casa de la vecina muerta,
De la vecina aquella que se cansó de amar;
Y allí molerá tangos para que llore el ciego
El ciego inconsolable del verso de Carriego
Que fuma, fuma y fuma, sentado en el umbral.

se hicieron tango, bien podría ocurrir lo mismo con su original, el poema «Has vuelto» de Carriego:

Has vuelto, organillo.

El ciego te espera las más de las noches
sentado a la puerta.

Pianito que cruzas la calle cansado
moliendo el eterno familiar motivo

Anoche, después que te fuiste,
cuando todo el barrio volvía al sosiego,
¡Qué triste!
lloraban los ojos del ciego.

En realidad, si uno busca y busca, algo encuentra. Pero no es tango…

Tal vez, todavía no sea tarde. ¿Quién te dice? Puede ser que ya ande por ahí el compositor que hará honor a este poeta profético, y a letras como esta, bien tangueras…

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